Cuentos

La noche de la elección

Carlos soñó que era la noche de la elección y en una gran sala muchos esperaban los resultados. De repente la sala se oscureció, y la persona que estaba junto a Carlos comenzó a arrugarse, se convirtió en cenizas y se desmoronó en cachitos sobre la mesa en cuestión de segundos. De su boca, antes de que ésta se deshiciera completamente, brotaron multitud de hormigas negras que comenzaron a esparcirse entre los pies de los que esperaban. Cual si se tratara de “Nocturna” todo el mundo comenzó a gritar y a correr: ¡vampiros, vampiros!

Así cayeron los vampiros sobre la Ciudad de México. Eran invisibles y te destruían por dentro y te salían a puñados por la boca. No eran como en las películas. Eran como una nube negra que oscurece el sol y acongoja el corazón.

Una multitud rodeaba a Televisa en silencio. La fortaleza contemplaba a la silenciosa multitud mientras hacía un sound check antes de dar los resultados. Eran decenas de miles de personas rodeándola en un silencio espeluznante. Alguien, dentro de la fortaleza, dudó un instante, antes de que la nube negra cubriera el sol y la ciudad cayera en picado hacia la oscuridad.

Las cámaras se prendieron, la luz inundó el plató. El camarógrafo hizo foco a los ojos del presentador y luego en un zoom out se alistó con el corazón en un puño a esperar lo que presentía inevitable. Carlos, en el fondo de su corazón, intuía que la inevitabilidad era una premisa falsa, que solo bastaría con que él apagara la cámara; el realizador, el tío del sonido, el regidor, el ayudante de dirección, sospechaba que todos intuían lo mismo. La nube cubría el sol pero a la fortaleza no le importaba porque la fortaleza tiene grandes generadores que pueden durar muchas horas, muchos días. La ciudad quedaba bajo la nube oscura pero la televisora tenía muchos camiones desde donde la luz acumulada irradiaba sus platós y sus oficinas.

Carlos sintió el sudor cayéndole por la espalda y apretó con fuerza la cámara que era como su novia, su más íntima amiga. La oscuridad avanzaba en jirones frente a sus ojos pero a través del visor de la cámara todo se veía normal, en un reconfortante blanco y negro. El presentador, maquillado y reluciente bajo los focos ardientes, se preparaba para informar al país de los resultados electorales. En su mano había una hoja de papel, pero nadie en el plató había osado preguntarle nada. El regidor le susurró al presentador algunas palabras al oído. Carlos hubiera querido saber cuáles eran, pero nadie informa nunca al camarógrafo. Y sin embargo…

Sintió el peso de la cámara en sus dedos agarrotados. De repente supo con absoluta certeza qué le estaba diciendo el regidor al presentador. Le decía que la fortaleza estaba rodeada. Que había miles, decenas de miles de personas afuera. Carlos supo que el regidor estaba tratando de alejar la nube negra. Que su escueto comunicado era en realidad una súplica. Carlos zoomeó el rostro del presentador y hundió sus ojos en las entrañas de la cámara. Quiso ver en sus ojos la respuesta, quizá percibir un ligero temblor de su boca, una nueva arruga. En el oído de Carlos atronó la orden del regidor. ¿Cámaras listas? Era una voz seca, desesperanzada. Carlos asintió en automático: cámara lista, aunque no se sentía listo, pero tal vez su cámara tenía voluntad propia.

Y el programa empezó. Carlos no se sentía capaz de nada, pero su cámara le guiaba hacia los movimientos correctos. Arriba, abajo, zoom in, zoom out, paneaba y deslizaba la óptica por los pliegues del rostro del presentador mientras éste –máscara indescifrable- sonreía para dar los resultados. Y Carlos no podía hacer nada, porque su cámara tenía vida propia…

Al levantar los ojos del visor se dio cuenta que la penumbra era ya casi total. Esa oscuridad pringosa, ¿era real? ¿estaba alucinando? De nuevo comprobó la imagen de la cámara, pero a través de ésta todo se veía correcto. Y la cámara ya no era su amiga, ya no era su novia, porque Carlos quería despegar sus manos de ella pero no podía, quería irse pero la cámara se aferraba a sus dedos, quería switchear la palanca, ponerla en off y no transmitir las palabras del presentador que como veneno fluían desde el sillón hasta el cable y pasaban a través de sus manos, las manos de Carlos que eran parte de los cables que transmitirían esa oscuridad de la cual ya estaba casi seguro, casi seguro, de que no era un producto de su imaginación, y de que todo era al revés, que lo real era lo que estaba afuera de su cámara, y su cámara, su novia, su amiga, era la mentira, la cadena que lo amarraba a la fortaleza cruel.

Y entonces la soltó. La cámara cayó violentamente hacia atrás. El regidor ni siquiera dijo nada. Si lo dijo, Carlos no alcanzó a oírlo, porque se zafó del audífono que lo amarraba a sus órdenes. El audífono rebotó contra el suelo mientras Carlos corría a través de la oscuridad, hacia fuera, hacia fuera con todas sus fuerzas, para tratar de salir del castillo blindado, afuera con los que esperaban silenciosamente, mientras en todo el país la señal se había interrumpido y tal vez el regidor estaba buscando otra cámara, o tal vez no, tal vez él también corría, quizá corrían todos mientras el rostro de esfinge del presentador continuaba allí, quieto, inanimado, esperando la señal de “Continuamos”…

Imagen: Gilderic Photography (CC)

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